domingo, 18 de marzo de 2018

15.

Las consecuencias de la Guerra de la Independencia en Badajoz

® Pedro Castellanos
18/3/2018
La guerra de la Independencia española (1808-1814) fue un enfrentamiento militar entre España y el primer Imperio francés, provocado por la pretensión de Napoleón, como así se hizo, de instalar en el trono español a su hermano José Bonaparte, tras las abdicaciones de Bayona. Después de rendir Olivenza el 22 de enero de 1811, el mariscal Soult llega a Badajoz, iniciando su primer sitio. Badajoz fue tomada por primera vez en su historia por los franceses el 10 de marzo de 1811. Un documento firmado por las monjas del convento de Carmelitas de Badajoz, nos rememora los momentos vividos antes de la invasión francesa en 1811:
Que esta nuestra comunidad se halla en la mayor indigencia a causa de las actuales notorias circunstancias del sitio y bloqueo que está sufriendo esta plaza, por lo que carece de las rentas y frutos que le producen sus fincas; tanto por haberlos interceptado y derrotado el enemigo, cuanto por no pagar los inquilinos que disfrutan en arrendamiento muchas de ellas, y aún algunos como son las casas, las han abandonado, temerosos del estrago que pueden padecer unos y otras en el bombeo [bombardeo], motivo por el que nos vemos en la dura necesidad de enajenar algunas de dichas fincas, por ser de la clase de alhajas más expuestas a padecer una total ruina.
Peor suerte corrieron otros conventos pacenses, este mismo año de 1811, las monjas de los conventos de Santa Ana, Madre de Dios, Santa Catalina y San Onofre, tuvieron que refugiarse en otros lugares, pues sus conventos estaban ocupados por las tropas españolas que defendían la plaza de los ataques de los franceses. Las hermanas clarisas del convento de las Descalzas se refugiaron en una casa que tenían en la calle del Pozo (hoy Menacho) y las de Santa Ana en la Casa de Ordenandos de San Vicente de Paúl, junto al hospital Provincial. El 16 de marzo de 1812 se produce el tercer y último sitio de Badajoz en la guerra de Sucesión por Lord Wellington. Éste, junto a las tropas españolas y portuguesas, recuperó la ciudad defendida por el francés Philipon en la noche del 6 al 7 de abril de 1812. Wellington entra en Badajoz y los soldados ingleses saquean por completo la ciudad, dedicándose al pillaje descontrolado y profanando la mayoría de los templos. Las monjas del convento de Santa Lucía declaraban en 1814 que después de esta reconquista siguió un saqueo, «el más general, horroroso e increíble». Tras la ocupación de su convento tuvieron muchos gastos en la reparación del edificio. De los daños tampoco se libró la catedral, que se hallaba en un estado deplorable, careciendo de lo más necesario para celebrar la misa, «por lo ocurrido después de la gloriosa reconquista de esta plaza», necesitándose los ornamentos y vasos sagrados para el culto.


Badajoz en 1812 desde la Picuriña.
Las monjas de Madre de Dios fueron expulsadas de su convento tras la conquista de la ciudad por el «pérfido enemigo francés», refugiándose en una casa particular. La iglesia del convento, hoy parroquia de San Andrés, estaba siendo utilizada como «depósito de presidiarios», es decir, como cárcel. Debido a los gastos que habían tenido en reparar su convento en obras de carpintería y cerrajería, se obligaban  a vender varias alhajas de plata que tenían para el culto divino y una casa en la calle de las Ollerías nº 1, (hoy Arco-Agüero). El 30 de octubre de 1814 se citaba que las monjas de Santa Anta habían sido expulsadas de su convento por esta «guerra destructora». El Gobierno las había expulsado para utilizarlo como cuartel para las tropas que tenían que guarnecer la ciudad, por hallarse amenazada de asedio por el enemigo. La ciudad fue liberada por los aliados en su reconquista «gloriosamente», hasta que por los decretos del Rey, se les había restituido su convento, quedando en estado ruinoso, sin haber respetado su iglesia. Para poder hacer habitable el edificio enajenaban algunas fincas.
De los graves efectos que tuvo en la ciudad la Guerra de la Independencia daban cuenta también las monjas del convento de las Descalzas el 30 de noviembre de 1814. Este día pedían permiso al obispo Mateo Delgado para vender una casa que ellas tenían en la entonces calle de la Puerta Nueva (actual Prim) número 42, cercana a la calle Abril. En el documento las monjas citaban: «Hallándose en absoluta necesidad y urgencia de buscar medios y arbitrios de satisfacer el crédito de cerca de 30.000 reales que han gastado en la rehabilitación y reedificación de su convento en los ramos de albañilería, carpintería y cerrajería, cuya obra no se ha concluido». Finalmente se les concede el permiso y la casa es vendida a José Navarro y su mujer, María Manuela Peña, tasada por los alarifes José María Hernández y Eduardo Ardila en 7.000 reales. También las monjas jerónimas de San Onofre citaban los muchos gastos que habían tenido para reparar su convento. Además no cobraban rentas de sus tierras desde 1811; decidían vender una casa que tenían frente al convento de San Gabriel, en la calle del Rastro (hoy San Juan), esquina a la de Corregidores (hoy Soto Mancera).
Grabado de Badajoz de la época desde la actual carretera de Cáceres.
El convento de San Agustín vendía en 1816 una casa en el número 13 de la entonces calle San Agustín (hoy José Lanot), por la pasada guerra y necesidad urgente de reparar su convento e iglesia. Se la vendían a Manuel Garrido Pedrero por 35.882 reales. La abadesa y «discretas» del convento de Santa Lucía vendían una casa en la calle de la Sal (hoy Arias Montano) el 14 de enero de 1817, «por la necesidad en que se hallaban en reformar su convento destruido por la circunstancia de la pasada guerra». La Cofradía del Dulce Nombre de Jesús desapareció tras la ocupación del convento de Santo Domingo por las tropas de Napoleón, que lo convirtieron en cuartel, así lo citaba el periódico «Hoy» del 18 de abril de 1943: «Llegan entonces años malos para la cofradía, pues la iglesia de Santo Domingo, donde radicaba como en la actualidad, es convertida en cuartel por los ejércitos invasores de Napoleón, los cuales quemaron los retablos del templo y amontonaron las imágenes».
Me ha parecido muy interesante el artículo del escritor badajocense Jesús Rincón Jiménez que publicaba el 21 de diciembre de 1921 sobre la reconquista de la ciudad por las tropas anglo-portuguesas en la noche del 6 al 7 de abril de 1812:
Las iglesias de la ciudad fueron bestialmente profanadas. Los tesoros de la catedral, parroquias y conventos, fueron robados por los ingleses que, ebrios de sangre, de codicia y de lujuria, olvidaron todos los respetos que merece la dignidad propia. Encorajinados por la pérdida de 5.000 combatientes en el asalto de la brecha, entraron en Badajoz como fieras heridas dispuestas a destrozar lo que encontraran por delante: vidas, honras, lugares sagrados; nada escapó al furor de los conquistadores, que trataron a los pocos e indefensos habitantes que subsistían en la ciudad, no como aliados de un pueblo culto que ansiaba recuperar su libertad y a quienes unía el odio a las fuerzas napoleónicas, sino como hordas salvajes que se complacían con refinamientos de crueldad y con todo género de impiedades en atormentar brutalmente a sus desgraciadas víctimas. Son muchos los testimonios de este suceso.
Todos reflejan la angustia, el dolor, la indignación por lo ocurrido. Aún en medio de la frialdad y laconismo de las comunicaciones oficiales se descubren los mismos sentimientos. De estas últimas solo extractamos las siguientes, que son poco conocidas: fray Laureano Sánchez Magro, prior de Santo Domingo, después de lamentarse en un sentidísimo escrito del estado deplorable en que quedaron las iglesias de la capital, dice: «Varios religiosos han sido despojados de sus ropas y efectos y aun de su propia camisa en los días 7 y 8 de abril, cuando por medio de un glorioso asalto se apoderaron de esta plaza las tropas aliadas inglesas y portuguesas»; la Junta Suprema, al dar a los jefes cuenta de la reconquista «que ha llenado de tanto gozo a los habitantes de la provincia que ninguno se acuerda de los males que por la ocupación de la capital ha padecido», afirma que el asalto se verificó a las nueve y media de la noche del 6 por la parte del Castillo, y que las tropas que entraron por la puerta del Pilar, luego de vencer a los franceses que sostenían la brecha hacia el convento de la Trinidad, se reunieron en el campo de San Juan con la infantería que bajó de la parte alta, después de haber destrozado lo que encontraron al paso; y el marqués de Monsalud, que llegó a Badajoz el 9 de abril participa a la junta que la plaza presenta un cuadro horroroso: «Las casas yermas, las familias con solo lo puesto, y muchas ni aun camisa»; y en otra comunicación dirigida a don Juan Cabrera de la Rocha, ordena: «Que se entierren y cubran con cal los muchos cadáveres que se encuentran en las casas» y que se pida a los pueblos que manden los albañiles que puedan, no solo para el pronto reparo de las brechas, sino también para la limpieza de la ciudad, «que se halla en la mayor inmundicia por sus calles, y evitar así los horrores que puede ocasionar un contagio».
Solo se salvó del bárbaro atropello la Casa de Ordenandos, en la que se veneraba la imagen de la Santísima Virgen de las Virtudes y Buen Suceso por la comunidad de Santa Ana. Una vez que los franceses se posesionaron de Badajoz en 1811, nombraron vicario apostólico a don José González Aceijas, quien dispuso que las citadas monjas abandonasen su convento y se trasladaran a la Casa de Ordenandos, donde quedaron instaladas en el piso principal, y donde alentadas continuamente por el provisor don Gabriel Rafael Blázquez Prieto, que por no acatar las órdenes del Gobierno intruso se encontraba prisionero en el fuerte de Pardaleras, hacían frecuentes rogativas para que la ciudad se viera libre de las garras del enemigo. Cuando tuvieron noticias de que las tropas de Wellington se disponían al asalto, redoblaron sus rezos, implorando del Altísimo el triunfo de las fuerzas aliadas y esperaron con verdadera impaciencia el momento del rescate. Es de advertir que las balas del ejército sitiador alcanzaron en más de una ocasión el edificio de su alojamiento, sin que milagrosamente tuvieran que lamentar ninguna desgracia, pues los proyectiles jamás hicieron daño ni a sus personas ni a sus bienes.
Ellas apenas se arredraron en los momentos culminantes de la lucha, y cuentan que la metralla llovía sobre la casa y las bombas zumbaron alguna vez por sus corredores. En aquellas horas de verdadero peligro, cuando el infernal fuego de cañón y el temible estruendo de la fusilería pregonaban el momento decisivo del asalto, se congregaron en la capilla y penetrados de clases alegría y susto a un mismo tiempo, postráronse a los pies del Dios de los ejércitos suplicándole sus favores en aquella noche que las monjas llamaban de su redención. Llegó el instante deseado y al oír el glorioso sonido de la victoriosa trompeta que anunciaba el levantamiento del cautiverio y la cautividad de los opresores, llenas de la más dulce satisfacción rezaron el Te Deum laudamus [A ti, oh Dios, te alabamos] en acción de gracias por su liberación. Concluido este sencillo y solemne acto religioso, temiendo la horrorosa escena de aquella alegre y triste noche, afianzaron las puertas, escondieron las luces y se ocultaron en el rincón más apartado de la Casa de Ordenandos.
Con los primeros rayos de luz del nuevo día llegaron a las religiosas los horribles gritos y los aires lastimeros de una multitud enloquecida por el terror. Desde las ventanas de su residencia, vieron atemorizadas, cómo sus conciudadanos, sin excepción de personas, eran desgraciadas víctimas de las repugnantes pasiones de la soldadesca; vieron a los hombres pasar por el campo de San Francisco, despavoridos y plagados de heridas; vieron a muchas mujeres afligidas, desgreñadas y casi desnudas, que desgarradamente lloraban la pérdida de sus padres, de sus maridos o de sus hijos; ellas vieron, en fin, cómo las gentes se ahogaban en el mar de penas en que estaban sumergidos. El presbítero de la Congregación de la Misión, don Juan Roca, las invitó para que asistieran al santo sacrificio de la misa. Este solemnísimo acto fue realzado en ocasión tan angustiosa por las circunstancias que lo rodearon. Mediada la misa, se oyen espantosos golpes en la puerta. Desde el altar, el ministro dice a los circunstantes: ¡Nadie se mueva! Todos obedecen a su voz cesan los golpes y se prosigue con gran sosiego el sacrificio hasta la consumación. Las hijas de santa Clara, las monjas de Santa Ana se acercaron al altar para unirse con su divino esposo y pedirle que las preservara de todo mal. Concluida enteramente la misa rezado el himno del Dulcísimo Nombre de Jesús, cuando aún no habían cesado los bárbaros tiros de los conquistadores y los lastimosos clamores de los desconsolados habitantes de Badajoz, se oyó en la Casa de Ordenandos una voz que decía: ¡Abran ustedes la puerta y no teman, porque ya tienen puesto un centinela para guardarles! En efecto, abrieron la puerta y sorprendidos vieron un soldado con el fusil al hombro que custodiaba el edificio. El centinela desapareció a las pocas horas y a pesar de que las puertas se abrieron y cerraron muchas veces, nadie intentó penetrar con fines siniestros en este recinto, que fue a manera de Arca de Noé, en medio del diluvio de pasiones desenfrenadas.
En aquellos días de tribulación solo en esta capilla pudieron celebrarse actos religiosos; solo en esta capilla había reserva en el Sagrario para administrar la sagrada comunión a los heridos y a los moribundos. La profanación en los demás templos llegó a extremos inconcebibles: los vasos sagrados y los ornamentos eclesiásticos fueron robados y pisadas las divinas formas. Por eso se consideró como prodigioso el hecho de haberse librado de tan feroces ultrajes la Casa de Ordenandos, y las monjas de Santa Ana, por el inmenso beneficio recibido, festejaron el primer aniversario con una brillante función religiosa, en la que predicó el mismo sacerdote que con sus manos elevó el Santísimo Sacramento en el día trágico. A mediados del siglo XIX, deseando la madre abadesa doña María Escola y toda la comunidad tener una memoria auténtica de este prodigioso suceso, escribieron al señor Roca, quien les envió para gloria de Dios y gratitud eterna una copia del sermón indicado que contiene los pormenores del asunto. A la amabilidad de mi excelente amigo, el culto maestrescuela de la Santa Iglesia Catedral de Badajoz, don José A. Hernández de la Barrera, debo un traslado de este discurso que me ha servido de base para estas líneas. Don Juan Roca recomienda a las religiosas que lean el sermón todos los años el 7 de abril, para satisfacción de sus piadosos deseos. Dícenme que las monjas de Santa Ana aceptaron la recomendación y que en nuestros días siguen esta costumbre; y así será, porque son espíritus selectos y porque, como dijo el predicador, si fueron singulares en el beneficio, es muy justo que lo sean también en el agradecimiento.
Virgen de las Virtudes y Buen Suceso del real monasterio de Santa Ana, a quien se atribuyó la protección de las monjas en la Casa de Ordenandos de la plaza de Minayo.

viernes, 16 de febrero de 2018

14.

Milagro de la Virgen de la Concepción al niño Lope Hernández que se ahogó al caer en una alberca en la Vega de Mérida. 15 de agosto de 1689

® Pedro Castellanos
16/2/2018


Me ha parecido interesantísimo el dato que aparece en un documento de la desaparecida Cofradía de Ntra. Sra. de la Concepción de los Labradores de la primitiva ermita de San Andrés de Badajoz, fundada el 10 de mayo de 1617. La cofradía poseía a una imagen de madera sobredorada, llamada Madre de Dios de la Concepción, con un Niño Jesús en sus brazos. El milagro fue el día de su fiesta, que la cofradía celebraba el 15 de agosto, día de la Asunción de la Virgen María. Fue a un niño de siete años llamado Lope Hernández, hijo de Lope Hernández y Beatriz García de Rueda, que se había ahogado en una alberca de una huerta en la Vega de Mérida, junto al barrio de San Roque. El documento se titula: «Justificación de un milagro manifiesto que hizo María Santísima Señora Nuestra de Concepción de San Andrés el día 15 de agosto que celebra la hermandad su fiesta, dando sanidad y restituyendo la vida a un niño que se ahogó en la alberca de una huerta». En él figuran los testimonios de los testigos que los presenciaron:
Milagro. Nos, el doctor Juan Fernández Cuadrado, canónigo en la insigne iglesia colegial del Sacromonte de la ciudad de Granada, provisor y vicario general en esta ciudad de Badajoz y su obispado, por cuanto por el mayordomo y regidores de la Cofradía de los Labradores de Ntra. Sra. de Concepción, sita en la ermita de San Andrés de esta ciudad, y por parte de Lope Hernández y Beatriz García de Rueda, su mujer, vecinos de esta ciudad, se nos hizo relación diciendo que el día quince de este presente mes de agosto, que es en el que se celebra la fiesta por dicha cofradía a dicha imagen, sucedió que a hora de la cuatro de la tarde, estando para salir la procesión como es costumbre [con] dicha imagen por las calles públicas de esta dicha ciudad, el haber caído en una alberca llena de agua que tiene de alto dos varas y cuarta un hijo legítimo de los dichos Lope Hernández y Beatriz García, que se llama Lope Hernández, de edad de siete años, y que habiéndolo sacado después de ahogado y haber estado debajo del agua más de media hora, las personas que lo hallaron, con fervor, invocaron el auxilio de dicha imagen, pidiendo restituyese la vida por ser día de su festividad al dicho niño. El cual, milagrosamente, dentro de muy poco rato, volvió a sí, con notable admiración de todos los presentes. Y nos pidieron de lo referido se hiciese averiguación para que constase del dicho milagro y se publicase respecto de haber sido tan patente y hallarse al día de hoy el dicho niño gozando de la sanidad y robustez que antes tuvo, ni amarillez alguna, y por nos, visto, mandamos hacer dicha averiguación. Y para ello, damos comisión al infrascrito notario y alguacil mayor eclesiástico de nuestra audiencia. Dado en la ciudad de Badajoz, a 16 días del mes de agosto de 1689 años.
En la ciudad de Badajoz, a 16 días del mes de agosto de 1689 años, yo el notario, para la averiguación de lo supra escrito, recibí juramento a Dios y una cruz, de Isabel García, viuda de Andrés Ardila, vecina de esta ciudad, la cual lo hizo y prometió de decir verdad. Y siendo preguntada por lo contenido en la cabeza de proceso, dijo que ayer que se contaron quince de este presente mes y año, en la tarde, día de la Asunción de Nuestra Señora, en que celebra la festividad de Nuestra Señora con la advocación de Concepción por la Cofradía de los Labradores de esta dicha ciudad, que está sita en la ermita de San Andrés Apóstol de ella, a hora de la cuatro, sucedió, que estando la testigo en una huerta que tiene al sitio de la Vega de Mérida de esta dicha ciudad, que es de Lope Hernández, y linda con otra que tiene y posee el dicho Lope Hernández, fue a llamar [a] la testigo Domingo Hernández, de edad de diez años, con poca diferencia, que es hijo del dicho Lope Hernández y de Beatriz García de Rueda, y le dijo a esta testigo, llorando, como su hermano Lope Hernández, el más pequeño, que será de edad de siete años, se había caído en la alberca de su huerta, que lo fue a sacar, la cual dicha alberca es de las antiguas que hay en esta ciudad, que tiene de alto dos varas y cuarta (1). Y habiendo acudido la testigo a socorrer la dicha necesidad, por hallarse sola y sin compañía de persona alguna, y habiendo venido a la dicha alberca, la halló rasa de agua prevenida para el riego de la dicha huerta, que para llegar a ella había de distancia de la parte donde se hallaba más de trescientos pasos (2). Y cuando llegó, vio que el dicho niño que había caído, se vino a la flor del agua, tendido de espaldas, los brazos abiertos, boca arriba. Aunque la testigo le echó un palo y [le] dio voces diciendo se agarrase a él, no tuvo efecto, porque con la distancia del tiempo que había pasado, se hallaba ya sin sentido, ahogado y en las últimas vales de su vida. Y así se fue al hondón donde se quedó la testigo, viéndose sin remedio, con ansia y devoción, invocó una y mil veces el auxilio y amparo de la advocación de la Madre de Dios de Concepción, diciendo: «Virgen Santísima, pues es hoy vuestro día y os están celebrando vuestra fiesta con gran regocijo, acudid a esta necesidad». Y luego envió la testigo al dicho Domingo Hernández, hermano del dicho niño, diciéndole saliese a aquellos campos dando gritos, diciendo que se ahoga mi hermano, por ver si alguna persona de caridad lo quisiese venir a sacar. Y habiéndolo hecho, la testigo se quedó implorando el auxilio de dicha imagen. Y a las voces que dio el dicho Domingo Hernández, acudió Tomé Carbonero, vecino de esta ciudad, que se hallaba de distancia de la dicha huerta más de mil pasos (3). Que la interpolación del tiempo que hubo desde que el niño se fue al hondo ahogado hasta que vino el dicho Tomé Carbonero, fue poco más de media hora. Y habiendo llegado el susodicho, se arrimó a la dicha alberca y estuvo atendiendo un rato por ver si volvía el dicho niño o daba señales de vivo que se hallaba en el hondón en medio de dicha alberca, en la misma conformidad que la testigo lo había visto hundir. Y viendo no daba señales de vivo, procuró sacarle como a cuerpo muerto, buscando con qué hacer la diligencia, halló un timón de arado que parece materialmente imposible haberlo podido sacar por la cortedad del dicho timón y hallarse el cuerpo en medio de la alberca, que es de alto que lleva referido. Y luego que intentó hacer la diligencia el dicho Tomé Carbonero, la hizo con tal acierto, que luego que entró dicho palo, lo encaminó donde estaba el cuerpo, metiéndolo por debajo de él, se vino con tal prontitud a la vera de la alberca, que a poca diligencia que hizo, se vino el cuerpo arriba, el cual halló la testigo. Y [lo] sacaron fuera, y mirándolo uno y otro con atención, hallaron [que] estaba muerto, desfigurado, sin respiración. Y aunque le aplicaron la mano al corazón, no palpitaba, teniendo todo su cuerpo y rostro de color de lirio [morado], afeada la barriga, tan sumamente aventada, que le estaba la camisa entallada. Y viendo la referida fatalidad, la testigo, juntamente con el dicho Tomé Carbonero y el hermano del dicho niño, habiéndose oído el regocijo de las campanas de San Andrés que se estaban repicando y el ruido de los cohetes que se disparaban, conocieron salía en procesión la dicha imagen de Ntra. Sra. de la Concepción. Y así todos tres juntos, comenzaron a invocar su nombre, pidiendo que, pues era su día, remediase aquella necesidad y restituyese la vida a dicho niño. Y a súplicas y ruegos repitieron muchas veces. Y el dicho Tomé Carbonero ofreció dos misas a dicha imagen. Y estando con la dicha invocación todos tres, con bastante ansia y pidiendo lo referido de todo corazón, luego incontinenti (4), sucedió que dicho niño comenzó a echar sangre por las narices. Y el dicho Tomé Carbonero le tomó debajo del brazo y con la otra mano le asió la frente. Y teniéndolo boca abajo, comenzó a echar gran copia de agua y a poco rato [dio] muestras de vivo. Y volvió a sí llorando, con cuyas aflicciones de llanto, voluntariamente nacía la provocación de bonito [sic], de forma que en breve rato, quedó exhausto hasta la comida. Y con lo referido, el dicho Tomé Carbonero, lo arropó, atribuyendo la testigo y el susodicho a milagro el referido suceso que lo había hecho la dicha imagen de Nuestra Señora de Concepción, respecto de haber sucedido en la conformidad que lleva declarado de haber estado debajo del agua el dicho niño más de media hora y haberle sacado de ella en la conformidad que lleva dicho. Que es lo que sucedió en presencia de la testigo y la verdad, so cargo del juramento que tiene hecho. No firmó porque dijo no saber y que es de edad de treinta años, poco más o menos, de que doy fe. Ante mí, Francisco Guerrero.
En la ciudad de Badajoz, en el dicho día, mes y año, dichos yo, el dicho notario, para la dicha justificación, recibí juramento a Dios a una cruz, según forma de derecho de Tomé Carbonero, vecino de esta dicha ciudad, el cual lo hizo y prometió de decir verdad. Y siendo preguntado por el tenor de dicha cabeza de proceso, dijo que ayer, quince de este presente mes y año, estando el testigo en el horno de ladrillo más abajo del hoyo que está a la Vega de Mérida, en la tarde, como a cosa de las cinco, el testigo oyó unas voces que daba Domingo Hernández, hijo de Lope Hernández y de Beatriz de Rueda, su mujer. Y atendiendo de ellas, oyó que decía que se ahogaba su hermano, a que el testigo se fue hacia allá. Y habiendo llegado a la huerta del dicho Lope Hernández a la alberca de ella, que es de las antiguas que hoy tiene esta ciudad, que su pared tiene de alto dos varas y cuarta, guiado del dicho Domingo Hernández, vio que estaba junto a dicha alberca, a un lado de ella Isabel García, viuda, vecina de esta ciudad, con bastante aflicción de lo que había sucedido. Y le pidió al testigo sacase de la dicha alberca a un hermano del dicho Domingo Hernández, que en ella se había ahogado. Y llegándose a dicha alberca el testigo la halló rasa de agua, y mirando al hondón, vio en medio de ella al dicho niño, que estaba tendido de espaldas, boca arriba, y atendiendo un rato, a ver si volvía o daba señales de vivo, con determinación de si lo hacía arrojarse a dicha alberca. Y reconociendo no hacía movimiento alguno y decirle hacía más de media hora se hallaba ahogado y en el hondo, el testigo hizo diligencia de sacarle como a cuerpo muerto. Y buscando con qué hacer lo referido, halló un timón de arado que parece imposible haberle podido sacar con él, por lo corto que era de hallarse el cuerpo en medio de la alberca. Y luego que intentó hacer la diligencia, la hizo con tal acierto, que metiendo el palo por debajo del cuerpo a muy poco movimiento que hizo, se vino con tal prontitud a la vera de dicha alberca, que a poca diligencia que hizo, se vino el cuerpo del dicho niño arriba, el cual asió la dicha Isabel García. Y acudiendo el testigo, le sacaron, y mirándole con atención uno y otro, hallaron estaba muerto y que no tenía respiración. Y aunque le aplicaron la mano al corazón, no le palpitaba y tenía todo su cuerpo y rostro desfigurado, de color de lirio, el vientre tan sumamente aventado de la mucha agua que en él tenía que le estaba la camisa estallando. Y viendo la referida desgracia, el testigo, juntamente con la dicha Isabel García y el hermano del dicho niño, habiendo oído el regocijo de las campanas de San Andrés que se estaban repicando y el ruido de cohetes que se disparaban, conocieron salía en procesión la imagen de Ntra. Sra. de Concepción. Y así, todos juntos, invocaron una y muchas veces el auxilio y amparo de la dicha imagen, diciendo: «Madre de Dios de Concepción, pues hoy es vuestro día y salís en procesión, remedia esta necesidad, restituyendo la vida a este niño». Y con ansia y fervor, el testigo le ofreció dos misas, y estando en la continua invocación con bastante ansia de estar viendo el referido suceso, sucedió que luego, incontinenti, el dicho niño echó sangre por las narices. Y el testigo le tomó y puso debajo de un brazo, teniéndole la otra mano puesta en la frente, le puso boca abajo y comenzó a echar gran copia de agua y a dar señales de vivo. Y a poco rato volvió a sí, llorando, con cuya aflicción voluntariamente se provocó a vómitos, de forma que quedó exhausto hasta la comida. Y con lo referido, quedó el testigo absorto, atribuyendo a milagro que había hecho la Divina Majestad, por medio de la intercesión de la Madre de Dios de Concepción, respecto de haber sucedido en la conformidad que lleva referido. Y añade, que habiendo tenido los padres del dicho niño la noticia de que se le había ahogado su hijo, pasando la dicha imagen en procesión por su puerta, y estando con el sentimiento y dolor que se deja considerar, acabada de pasar la dicha imagen, le entraron por las puertas (…) restituyendo a vivo el que lloraban muerto. Y esto es lo que pasó y es la verdad, so cargo de juramento que tiene dicho. No firmó por que dijo no saber, y que es de edad de treinta años, poco más o menos. Ante mí, Francisco Guerrero.
Vega de Mérida, donde se ahogó Lope Hernández en 1689
Auto publicado el mes de septiembre de 1689 donde se daba por justificado el milagro y se autorizaba su publicación. Es posible que esta alberca fuese similar a la desaparecida de origen romano llamada «el Albercón».
En la ciudad de Badajoz, a tres días del mes de septiembre de 1689 años, el señor doctor don Juan Fernández Cuadrado, canónigo en la insigne iglesia colegial del Sacromonte de la ciudad de Granada, provisor y vicario general de esta dicha ciudad [de Badajoz] y su obispado, habiendo visto estos autos, hechos a pedimento del mayordomo y regidores de la Cofradía de Labradores de Ntra. Sra. de Concepción, sita en la ermita de San Andrés Apóstol de esta dicha ciudad, y de Lope Hernández y Beatriz García de Rueda, su mujer, vecinos de esta dicha ciudad, sobre justificar el milagro que dicha imagen hizo el día quince de agosto pasado de este presente año, que es en que se celebra la fiesta por la dicha cofradía a la dicha imagen con un hijo pequeño de los dichos Lope Hernández y Beatriz García, llamado Lope Hernández, pues habiendo caído en una alberca profunda llena de agua y haber estado en ella ahogado en el hondón más de media hora, habiéndole sacado después volvió a sí y vivió, habiendo invocado los infrascritos con devoción el nombre de la dicha imagen de Ntra. Sra. de Concepción para que [le] restituyese la vida del dicho niño. Y atento se justifica lo referido y de ello estar su merced informado extrajudicialmente del referido suceso, y atento [de] ser cierto y gozar de perfecta salud el dicho niño.
Notas:
(1)   Sobre 1.88 metros de alto. (2) Más de 400 metros. (3) A un kilómetro y medio aproximadamente. (4) Sinónimo de rápidamente.

sábado, 27 de enero de 2018

13.

El entierro del capitán Guillermo Tutavila, sobrino del duque de San Germán, en la iglesia de San Ignacio de Badajoz. 13 de noviembre de 1653

® Pedro Castellanos
27 de enero de 2018

Era napolitano e hijo de Horacio Tutavila, hermano del duque. Estuvo prisionero en Portugal en 1653, siendo devuelto a Badajoz. Los canónigos Diego Olmedo de Liaño y Alonso Ruiz del Álamo dieron el «parabién» (felicitación) al duque de San Germán por su liberación el diez de marzo. Posteriormente, la caballería del Ejército español tuvo un fuerte enfrentamiento con las tropas portuguesas en la villa de Arronches el día ocho de noviembre de ese mismo año de 1653. Guillermo Tutavila falleció en esta batalla con tan solo 22 años. Fue enterrado en la iglesia de San Ignacio de los jesuitas de Badajoz, antes convento de Santa Catalina. Quizás por la amistad que tenía el duque con los religiosos, ya que pagó parte de la obra de su nueva capilla mayor, como ya dije en la anterior entrada. El duque fue un hombre muy religioso, devoto de la Virgen de las Virtudes y Buen Suceso del real monasterio de Santa Ana de Badajoz. Él pagó 4.000 reales por el dorado y estofado de su retablo que estaba en el altar mayor en 1663. Fue la persona que, supuestamente, trajo a Badajoz la imagen de la patrona, la Virgen de la Soledad. Un interesante e inédito documento, que ya adelanté en parte en 2013, describe cómo llegó a Badajoz el cadáver de Guillermo y el lugar donde se enterró, donde supongo seguirá:
Sea notorio a los que al presente vieren, como estando en el colegio e iglesia de señor San Ignacio de la Compañía de Jesús en esta muy noble y leal ciudad de Badajoz, como a las horas de las siete y media de la noche, jueves trece del mes de noviembre de 1653 años, se trajeron a dicha iglesia dos cuerpos muertos, que el uno de ellos dicen ser del muy magnífico señor don Guillermo Tutavila, de nación napolitana, capitán de caballos corazas del Ejército de Extremadura, sobrino del excelentísimo señor don Francisco Tutavila, caballero de la Orden de Santiago, duque de San Germán, del Consejo de Guerra de su Majestad y del colateral de Nápoles, maestre de campo general y gobernador de las armas de este Ejército. Los cuales dichos dos cuerpos dicen haberse traído de la campaña. Y después de haberles dicho y celebrado la vigilia, con la pompa y solemnidad debida, compareció ante mí, el escribano y testigos, el capitán de caballos corazas Luis Briñola, de nación napolitana, y se desclavaron unas tablas de una de dos cajas donde venían dos cuerpos. Y habiéndose descubierto el rostro y descosida la capilla de un hábito donde dicho cuerpo venía amortajado, dicho capitán dijo, con juramento que hizo en forma de derecho, estando presente el padre Lorenzo de Colonia, rector de dicho colegio, asistido de algunos padres, de que en el reencuentro que la caballería de su Majestad de dicho Ejército tuvo con la del rebelde portugués, término de la villa de Arroches, reino de Portugal, el día ocho de este presente mes. Y allí quedó muerto dicho don Guillermo Tutavila, y el capitán Luis Briñola prisionero. Y teniendo noticia de su muerte, y haciendo diligencia en buscarle el domingo, nueve de éste, le halló muerto en la iglesia de la Misericordia de la dicha villa de Arronches. Y le conoció y reconoció, y lo entró en la caja en que de presente está. Y dicho cuerpo y el del señor don Juan [López] de Lemos, caballero de la Orden de Calatrava, conde de Amarante, teniente general de la caballería de dicho Ejército. Los trajo ambos a esta ciudad sin apartarse de ellos. Y dicho cuerpo y rostro de él daban muchas demostraciones [de] ser el del dicho señor don Guillermo Tutavila. Y asimismo, le pareció a mí, el dicho escribano y testigos que lo reconocieron, el cual dicho cuerpo se entregó a dicho padre rector en depósito hasta que lo trasladen en la parte y lugar donde dispuso. Y sobre la dicha caja y tablas de la cubierta de ella se lacró y se puso encima del dicho, [y] labré sus armas en tres partes. Y fue sepultado y depositado en un sepulcro, debajo del hueco del altar mayor de dicha iglesia y colegio, la cabeza al lado de la epístola. Y dicho padre rector dijo le recibía y recibió en dicho depósito, para entregarlo [a] cada [uno] que le sea pedido. Y a ello se obligó por lo que le toca y a los demás rectores y padres que son y fueren de dicho colegio. Y por parte de dicho señor capitán don Guillermo Tutavila (1) se me pidió por testimonio. Y lo firmaron dicho padre rector y dicho capitán Luis Briñola, siendo presentes por testigos los señores don Jerónimo de la Haya Vitoria, del Consejo de su Majestad en su Contaduría Mayor de Cuentas y su proveedor general del Ejército de Extremadura, tesorero general de dicho Ejército; Bartolomé Rodríguez de Andrade, tenedor de bastimentos de dicho Ejército; el capitán de caballería corazas don Diego del Pulgar; el capitán de infantería José de Funter; Juan Rodríguez Silvera, vecino y regidor de esta ciudad, asentista del pan de munición de dicho Ejército; y el capitán de infantería don Diego de Rueda, vecinos y estantes en esta plaza de armas.
El cabildo catedralicio acordaba dar el pésame al duque de San Germán el 12 de noviembre de 1653. Lo haría en su nombre el famoso canónigo e historiador Juan Solano de Figueroa, quien también sería enterrado en la misma iglesia: «por la muerte de su sobrino, el capitán de caballos corazas Guillermo Tutavila y a la condesa de Amarante (2) por su marido, teniente general de la caballería del Ejército, que murieron en el encuentro que se tuvo con la caballería del enemigo entre Arronches y el Azumar el ocho de este mes». La lápida sepulcral de Guillermo Tutavila que se encontraba en la iglesia de San Ignacio de los jesuitas se halla hoy en los almacenes del Museo Arqueológico Provincial de Badajoz. El texto dice lo siguiente:
YACE AQUÍ EL SR. D. GUILLE[R]MO TUTAVILA, SOBRINO DEL EXCELMO. SR. DUQUE DE S. GERMÁ[N], Q[UE] DE XXII AÑOS MANCEBO, EN QU[I]EN LA GRACIA Y LA NATURALEZA DEPOSITARO[N] EL TESORO DE SUS MEJORES PRENDAS, HAC[I]ÉNDOSE AMAR DE TODOS CUA[N]TO DESEAR EN LA T[I]ER[R]A. MURIÓ A COSTA DE MUCHA SA[N]GRE ENEMIGA PELEA[N]DO POR SU REY CO[N]TRA LOS REBELDES A SU CORONA. AÑO DE MDCLIII.
Detalle de la lápida sepulcral de Guillermo Tutavila. Año 1653.
Gracias a este documento de 1653, queda resuelto el enigma sobre el origen de la lápida de Guillermo Tutavila, que no procedía de la antigua ermita de la Soledad. La lápida llegó al museo en 1944. El periódico Hoy del sábado 8 de abril publicaba un artículo del que fuera alcalde Antonio del Solar y Taboada, marqués de Campolataro, titulado «El duque de San Germán trajo a Badajoz en 1664 la Santísima Virgen de la Soledad», donde cita este dato, del que no tenía constancia el propio museo. Esta interesante lápida nos muestra el escudo de armas del duque de San Germán en aquella época, único conservado en la ciudad. Está timbrado bajo corona ducal y con la cruz de Santiago, pues fue nombrado caballero de esta orden el 24 de septiembre de 1653. Creo que sería buena idea colocar su escudo de armas en el altar mayor de la ermita de la Soledad o en el frontal del paso de la Virgen, pues se supone que él nos trajo la imagen a Badajoz. Sería un bonito homenaje al cumplirse el 13 de noviembre  de 2018  los 365 años del entierro de su sobrino en Badajoz.
Francisco Tutavila, duque de San Germán.
Iglesia de San Ignacio donde fue enterrado Guillermo Tutavila. 
En la segunda foto figura con la flecha roja el lugar donde fue enterrado, aún por excavar.
Notas:
(1) Debería decir Luis Briñola, en italiano Brignola. (2) Se llamaba María Clara de Ocón Coalla, segunda esposa del II conde de Amarante, que murió sin hijos siendo teniente general de la caballería del Ejército de Extremadura. Le sucedió su hermano Pedro López de Lemos, quien también estuvo al servicio de las armas, falleciendo sin sucesión en 1661.

domingo, 21 de enero de 2018

12.

El hospital, la ermita y los tres conventos de Santa Catalina

® Pedro Castellanos
21 de enero de 2018


El hospital de Santa Catalina la Vieja.
No tiene nada que ver con el convento del que hablaré después. Ya existía en 1510 (1), y aunque algunos historiadores lo situaban en la actual calle Eugenio Hermoso (2), puedo afirmar que se encontraba en la calle del Campillo. Me baso en los datos de un documento muy esclarecedor, fechado en 1796. En él se cita esta calle como el «sitio que llaman el Campillo y la Brecha (3), y en lo antiguo, la calle de los Ronquillos y después de Santa Catalina la Vieja, cuyos nombres se han devorado con el motivo del sitio que el enemigo portugués puso a esta plaza». Se tenía conocimiento de la calle de los Ronquillos, pero nadie la había podido situar con exactitud. La calle de Santa Catalina la Vieja es la misma que la del hospital. En septiembre de 1640 el calderero Jerónimo Sánchez hacía un reconocimiento de censo de unas casas «en la calle que dicen de los Ronquillos y del hospital de Santa Catalina la Vieja, linda de una parte, hacia el dicho hospital, con casas de las Leonas». Recapitulando, la calle de Santa Catalina la Vieja, la del hospital de Santa Catalina y la de los Ronquillos, no es otra que la actual calle del Campillo, de la que solo existe hoy el segundo tramo. El primero fue demolido al construirse la actual muralla abaluartada y sería el que iba hasta la desaparecida plaza de San Salvador. Aún existía el hospital en 1632, año en el que su mayordomo, el sastre Enrique Rodríguez, sacaba a pregón una casa que el hospital tenía en la actual calle San Lorenzo. En 1593 se escrituraba la venta de una casa en la calle de la Costanilla, «que va para el hospital de Santa Catalina», de lo que se deduce que el hospital, seguramente los corrales, daban hacia este calle. En 1618 se cita una casa «en la calle Baja de la Concepción, junto a Santa Catalina la Vieja», seguramente el hospital (y probablemente la ermita homónima) estarían en el tramo final de la calle del Campillo, donde desembocaba la entonces calle Baja de la Concepción, actual Concepción Arenal. Será interesante cuando se realicen obras de excavación en extensión en toda la zona para confirmar si hay restos de él.
El nombre primitivo de la calle del Campillo se mantuvo tras construirse la nueva muralla abaluartada. En 1744 aparece en algunos documentos como «la calle Santa Catalina la Vieja, que vulgarmente llaman del Campillo, frente de las murallas» y en 1753 aparece como «la calle Vieja de Santa Catalina, frente de la brecha».
Plano de Badajoz procedente del Archivo de Estocolmo. C.a. 1645.
1.    Torre de Espantaperros o de la Atalaya.
2.    Iglesia de San Salvador (desaparecida).
3.   Plaza de San Salvador, desde donde partía la calle de los Ronquillos, de Santa Catalina la Vieja, Campillo y Brecha  hasta la actual calle Concepción Arenal.
4.   Antigua puerta de Mérida (desaparecida).
5.  Manzana donde, probablemente, estuvo el hospital y la ermita de Santa Catalina la Vieja (manzana todavía existente).
La ermita de Santa Catalina la Vieja.
La desaparecida ermita probablemente estaba unida al hospital del mismo nombre, pues todos los hospitales de la época tenían una capilla. Todavía estaba en pie en 1657 y al menos tenía una capilla, llamada del Espíritu Santo. María Uchoa la citaba en su testamento: «Declaro que tengo unas casas en la calle de Santa Catalina la Vieja, mando que dos cuadros que tengo, el uno de Ntra. Sra. de Concepción y el otro de santa Elena se den a la capilla del Espíritu Santo en la ermita que llaman de Santa Catalina la Vieja». El cabildo catedralicio afirmaba que se había destechado y derruido la ermita el 3 de enero de 1668. Se le dio el nombre de la Vieja por existir ya el convento de monjas de Santa Catalina y así evitar confundirlos.
Lugar donde, probablemente, estuvieron el hospital y la ermita de Santa Catalina la Vieja.
El primitivo convento de Santa Catalina Mártir.
La ermita y hospital de Santa Catalina la Vieja no tienen nada que­­­ ver con el convento de monjas de Santa Catalina, fundado en 1515 en la actual calle Montesinos. En 1592 aparece en un documento notarial el arrendamiento por cuatro años de unas casas a las espaldas del convento por parte de su mayordomo, Gonzalo Díaz Pantoja. Sería con la condición de que el convento las pudiera tomar si quisiese «para edificar iglesia», por lo que la capilla debe ser posterior a esta fecha. Durante las obras de excavación a la que está siendo sometida han aparecido lo que pueden ser restos de la primitiva iglesia. En todo caso esta iglesia sería de finales del siglo XVI o principios del XVII.
La iglesia de San Atón y de San Ignacio.
Tras ser abandonado definitivamente el primitivo convento de Santa Catalina por las monjas en 1624, su capilla fue desde 1627 iglesia de San Atón. Allí tenía sede su cofradía hasta al menos el uno junio de 1631: «en la iglesia de señor San Atón, donde de presente se sirve la dicha cofradía, que es la que antiguamente fue de las monjas de Santa Catalina». En 1634 se funda allí el Colegio de Jesuitas, llamado de los padres teatinos, por el licenciado y canónigo penitenciario Alonso Pérez de Vita. El nombre de San Ignacio era por el fundador de la Compañía de Jesús, san Ignacio de Loyola. Aquí se enterró doña Damiana de León y Silva, quien dio nombre a la calle Montesinos en el siglo XVIII y que donó a los jesuitas 400 ducados para la construcción de un retablo para el altar mayor en 1698. También se enterró en este templo el famoso canónigo Juan Solano de Figueroa, autor de la Historia Eclesiástica de Badajoz, en la que fue capilla de San Francisco de Borja. El 12 de septiembre de 1661 donaba al padre Lorenzo de Colonia del Colegio de la Compañía de Jesús todos sus libros: «por el amor que tiene y ha tenido a dicho colegio le hace gracia y donación, para siempre jamás, de una librería con sus libros y estantes y todo lo de ella concerniente que de presente tiene y de todos los demás libros que en adelante tuviere y se hallaren al tiempo de su muerte, para que se ponga en el colegio de esta ciudad sin que se puedan vender, dar, trocar, enajenar ningún libro ni salir de dicho colegio». Se desconoce el paradero de esta importante colección de libros.

Reedificaciones a mediados del siglo XVII. La reina Isabel de Borbón fue patrona del convento.
No debía de estar en muy buen estado la iglesia a mediados del siglo XVII. El 1 de diciembre de 1642, el entonces rector del colegio encargaba a los maestros alarifes Alonso Hernández Manzano, el Viejo, y a su hijo homónimo, alias el Mozo, a acabar de aderezar la iglesia de los jesuitas. Harían la escalera principal para subir al coro; dos escaleras más, una para subir al tejado y otra para bajar a los confesionarios. Tendrían que pintar la iglesia con una mano de cal delgada y blanquear algunas bóvedas. Tendrían que descimbrar el coro y florear la bóveda por abajo, como estaban las demás. Los tres arcos del coro se lucirían y encalarían como el resto, con su moldura, para que quedase lo más uniforme posible y asentarían las barandillas del coro. Tendrían que hacer cuatro tribunas con sus cuatro puertas, solarlas y encalarlas por abajo; enladrillar el coro y encalar sus dos puertas y escudos. Harían dos campanarios (supongo que se refiere a las dos espadañas como hoy tiene) como eran los de la primitiva ermita de San José. También harían un pretil en la azotea con su cornisa entre estos dos campanarios y lucirla hasta el suelo. La fachada de la calle sería encalada y su portada lucida de nuevo. Estas obras se terminarían en el mes de abril de 1643. Sin embargo, la obra interior y el coro bajo sería terminado el 8 de febrero. El importe que se les entregaría a los albañiles por todas estas obras serían 1.250 reales, teniendo los jesuitas que facilitarles todos los materiales y peones necesarios para ello, dos para cada uno, y a medio ducado cada jornal a cada uno.
El 2 de noviembre de 1644 se realizan en su iglesia las honras fúnebres tras la muerte de la reina Isabel de Borbón (fallecida el 6 de octubre pasado), protectora del convento, esposa de Felipe IV. Las mandó oficiar el capitán general del Ejército de Extremadura, el napolitano Carlo Andrea Caracciolo, marqués de Torrecusa. 
Isabel de Borbón, (1602-1644). Retrato de Diego Velázquez, 1625.
El rector del Colegio de Jesuitas pedía licencia al ayuntamiento el 25 de septiembre de 1645 para poder derribar unas casas que habían comprado los jesuitas en la acera de enfrente de la fachada de la iglesia, para alargar la plazuela que ya habían hecho para adorno de ella. Se trata del hueco que se ve en la foto del plano de Estocolmo. Con ello se podría fechar este plano alrededor de 1645, al menos los primeros derribos ya figuran. Esta obra se hacía para dar más vista e intimidad. Ya se había hecho frente a dos palacios importantes de la ciudad, como el de Sebastián Montero de Espinosa, que derribó las casas frente al actual convento de las Descalzas, hoy plaza López de Ayala. El otro era el palacio del mayorazgo de los Fonseca y la Lapilla, en la plaza de Don Pedro de Fonseca, hoy de la Soledad, frente al actual conservatorio. En este plano la iglesia figura por error con el nombre de los Apóstoles, advocación que nunca ha tenido. El rector del Colegio de Jesuitas hacía una petición al Rey el 26 de junio de 1654, para pedirle ayuda por la pobreza en la que se encontraban por las guerras con Portugal. Citaba que la fallecida reina Isabel de Borbón fue patrona del colegio. Por ello había un retrato suyo en un cuadro grande sobre el ático de altar mayor. También figuraba su escudo de armas en otros dos cuadros grandes a los lados del retablo mayor.

La nueva capilla es costeada por el duque de San Germán. En 1767 se traslada allí la parroquia de Santa María del Castillo.
El 18 de junio de 1655 se estaban haciendo de nuevo obras en la iglesia del convento, en este caso en la capilla mayor. El rector pedía que el ayuntamiento le prestase la madera para montar los andamios. Esta obra de la nueva capilla mayor fue costeada por el entonces capitán general del Ejército, el napolitano Francisco Tutavila, duque de San Germán. En la ceremonia de inauguración del templo se hizo una procesión y el obispo Diego López de la Vega celebró una misa solemne.
Tras la expulsión de los jesuitas en 1767 por orden de Carlos III, cuyo escudo de armas figura en el frontón de la portada, el templo pasó a llamarse parroquia de Santa María la Real, que se trasladaba desde la iglesia de Santa María del Castillo. Después fue trasladada a la iglesia del desamortizado convento de San Agustín, donde hoy está instalada definitivamente. La fachada de la iglesia no estaba lucida como en la actualidad por aquellos años, sino con falsa cantería, como la catedral o la parroquia de Santa María la Real (San Agustín).  A esto hay que añadir que se le abrió la puerta de la derecha en el siglo XIX y se descentró la original hacia la izquierda. La de la derecha será eliminada tras su restauración.
 
Traslado temporal de las monjas de Santa Catalina a la calle San Juan (hoy ayuntamiento). Volvieron a su antiguo convento por la fuerza.
Tras abandonar el primitivo convento, las monjas se refugiaron temporalmente en las casas que fueron de Jerónimo de Morón, un escultor portugués afincado en Badajoz. El 15 de abril de 1623 las monjas lo abandonan, se trasladan hasta las mencionadas casas de Jerónimo Morón con la intención de fundar allí el convento, como acto de protesta por estar el suyo en muy mal estado. El obispo les obligó a volver a su antiguo convento, a pesar de que pusieron gran resistencia. Las casas donde vivió Morón las compró el escultor el 22 de febrero de 1616 y estaban en el solar que ocupa actualmente el Ayuntamiento de Badajoz. Lo demuestra un documento de 1643 en el que se daba a censo por el canónigo de la catedral Alonso Salgado y su sobrino Bartolomé Salgado, ambos presbíteros, «unas casas principales de morada que dicho doctor Alonso Salgado tiene en esta ciudad, en el campo de San Juan, lindan por una parte con la calle que dicen del Dómine Galindo [actual Donoso Cortés] y casas que fueron del racionero Diego Suárez, y de la otra lindan con casas que fueron de Morón, escultor, que están en la calle que dicen de San Juan». Esto indicaría que la casa que fue de Jerónimo de Morón estaba en la esquina de la calle San Juan, frente al actual edificio de Servicios Económicos del ayuntamiento.  
Doña Blanca de Vargas, priora del convento y las demás monjas declaraban lo siguiente el 15 de abril de 1623: «Que por cuanto el dicho convento compró unas casas en esta ciudad, en la calle de San Juan, de Jerónimo Morón, escultor, que lindan con las casas de Diego de Vergara y casas del doctor Salgado, canónigo de la catedral y otras casas en la calle que dicen de Galindo [actual Donoso Cortés] que lindan con las casas del dicho doctor Salgado. Y habiéndose ido a ellas juntamente con otras veintitrés monjas del dicho convento para fundar allí su iglesia y convento, llevando como llevaron en procesión el Santísimo Sacramento con su cruz y luces, donde han estado ocho días haciendo los oficios divinos. Y protestaban y protestaron continuar en la dicha vivienda por razón de que el convento de Santa Catalina de esta ciudad, donde han asistido hasta ahora, ser muy enfermo y oscuro y tener, como tiene, muy poca largura. El señor don Pedro Fernández Zorrilla, obispo de este obispado, las ha mandado volver a su [antiguo] convento y cometido la ejecución de ello a don Juan Ezquerra, provisor de este obispado. Aunque ellas lo han querido evitar y resistir para tener en la dicha parte y lugar la dicha su iglesia y convento. Se temen que no les ha de aprovechar y que el dicho señor provisor por fuerza o de grado las ha de sacar de las dichas casas y llevarlas al dicho convento de Santa Catalina. Y SI SE LLEGASEN A RESISTIRSE PODRÍAN SUCEDER MUCHOS ESCÁNDALOS, ALBOROTOS Y MUERTES. Y para remediarlo y que cesen los dichos daños e inconvenientes, desde luego dijeron que apelaban de lo proveído y mandado por el dicho señor obispo para ante Su Santidad. Y si salieren o las sacaren de las dichas casas donde de presente están, es contra su voluntad y por fuerza y por redimir las dichas vejaciones y molestias».
Traslado definitivo de las monjas de Santa Catalina a la calle Obispo San Juan de Ribera.
En 1624 las monjas se trasladan definitivamente desde su primitivo convento, fundado en 1515, a las casas que fueron de los canónigos de la catedral Juan Morquecho (antes fueron del racionero de la catedral García Hernández) y Antonio Ramiro Corajo, en la esquina de las actuales calles Hernán Cortés y Obispo San Juan de Ribera. Un documento inédito que publiqué en 2013 fechado el 9 de julio de 1624 cita lo siguiente: «Estando en las casas donde vivía el canónigo Antonio Ramiro Corajo, que están en la calle real nueva [que baja] de la plaza y campo de San Juan al de San Francisco, doña Elvira Becerra, doña Blanca de Vargas, doña Teresa de Vargas, Inés de la Cruz, monjas profesas en el convento de Santa Catalina Mártir de esta ciudad, que allí estaban presentes. Dijeron que por cuanto ellas y las demás monjas de dicho convento, con licencia y permisión del señor don Pedro Fernández Zorrilla, obispo de este obispado, se mudaron de su antiguo convento que tenían en la calle de los Corregidores [actual Soto Mancera] a las casas que fueron del canónigo Juan Morquecho, a donde han comenzado a edificar nuevo convento. Y por ser la dicha casa estrecha y no haber en ella sitio a donde con comodidad y decencia se pueda edificar iglesia, se alargaron y extendieron a la dicha casa donde vivía el dicho canónigo Antonio Ramiro, que está conjunta a la que fue de dicho canónigo Juan Morquecho, con intento de hacer en ella la iglesia de dicho convento, por estar como está, en una de las calles más principales de esta ciudad y a donde con comodidad y decencia se ha de hacer». Resulta curioso que las monjas omiten su paso por la casa de Jerónimo de Morón, quizá para tratar de olvidar los desagradables sucesos que las obligaron a volver a su antiguo convento.
1. Primer convento de Santa Catalina. 2. Segundo convento en la calle San Juan. 3 Definitivo convento en la calle Obispo y Hernán Cortés. 4. Hospital y ermita de Santa Catalina la Vieja.
Panorámica de Badajoz a principios del siglo XIX. 1. Iglesia de Santiago. 2. Iglesia de Santa María del Castillo. 3. Torre de Espantaperros. 4. Iglesia de la Concepción. 5. Iglesia de Santa María la Real (San Agustín). 6. Catedral. 7. Convento de Santa Catalina. 8. Convento de San Francisco.
Panorámica de Badajoz a finales del siglo XIX. 1. Catedral. 2. Convento de las Descalzas. 3. Convento de Santa Catalina con la torre ya desmochada.
Reedificación del nuevo convento de Santa Catalina Mártir.
Gracias al obispo Juan Marín de Rodezno, el nuevo convento que hacía esquina a las calles Obispo San Juan de Ribera y Hernán Cortés, se rehízo por completo. El 14 de enero de 1702 las monjas citaban: «Decimos que como es notorio de tiempo inmemorial a esta parte hemos vivido con grande descomodidad y estrechez, así para la celebración de los oficios divinos por ocasión de que dicho convento que al presente tenemos, cuando entramos en él, era una casa particular de muy poca vivienda, obligándonos lo referido a que de una sala de ella la aplicásemos para iglesia, porque aunque nuestros ánimos se querían alentar a la fábrica de un convento e iglesia decentes, no se ha podido conseguir por la pobreza y falta de medios en que nos hallamos. Y habiéndose dicho ilustrísimo señor enterándose de esta verdad, y reconocido lo que va expresado, sin solicitud ni diligencia nuestra, a honra y gloria de Dios, nuestro Señor, lo mucho que le agrada el lucimiento de los templos para celebrar con autoridad y devoción sus santos oficios, se movió con gran celo y ardiente caridad a fabricar de nuevo en dicho convento una suntuosa iglesia, presbiterio, sacristía, coro y torre. Como habrá año y medio, poco más o menos, lo pasó a ejecución, y siendo lo primero el derribar la torre y sacristía que tenía por estar todo ello amenazando ruina». Por todo ello, el  mencionado obispo fue nombrado patrono del convento este mismo día, con la obligación de celebrar dos aniversarios perpetuamente, uno el día de san Juan Evangelista y otro el día de santa Ana. Además debería celebrar una misa cantada cada año el día en que se colocase por primera vez el Santísimo Sacramento en la iglesia una vez terminada la obra. Este convento fue desamortizado en el siglo XIX y reconvertido en Instituto General y Técnico, luego rebautizado como Bárbara de Braganza. Hoy es parte de la sede de la Diputación de Badajoz.
Restos del convento de Santa Catalina, luego Instituto Bárbara de Braganza.
Restos del altar mayor donde estaba el retablo.
Venta del antiguo convento e iglesia de los jesuitas tras su desamortización. Estaba en estado de ruina. Pudo ser la capilla de la Congregación de San Felipe Neri.
Anteriormente, el 7 de marzo de 1810, el Ayuntamiento de Badajoz donaba una casa anexa a la entonces parroquia de Santa María la Real a la junta de devotos de San Felipe Neri, como representantes de la futura congregación del mismo. Esta casa hoy es sede de la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Badajoz. Se establecerían una serie de condiciones después de la cesión, entre ellas, que el ayuntamiento, como patrono de la congregación, pudiese colocar su escudo de armas en la fachada de la casa o en la de la iglesia. No se llegó a fundar la congregación, pasando la propiedad de la casa de nuevo al ayuntamiento. El vicario general de la diócesis vendía el 3 de diciembre de 1834 esta parte del edificio que perteneció al Colegio de Jesuitas, que hacía esquina a la actual plaza de Santa María y a la calle Soto Mancera. Incluiría la casa cedida para la Congregación de San Felipe Neri. El inmueble, que los documentos llaman «edificio ruinoso», se divide en dos mitades, vendiéndose inicialmente una de ellas al comerciante Manuel de Bartolomé Miranda por 36.240 reales. Se divide de nuevo el edificio y se tasa la parte contigua a la parroquia de Santa María en 17.440 reales y la otra mitad que formaba ángulo a la calle Soto Mancera, con la bodega que tenía incluida, en 14.310 reales. Se saca a pregón las dos partes y solo se vende la parte que hacía esquina a la calle Soto Mancera al mencionado Manuel de Bartolomé por 9.560 reales.
Pinturas murales en el interior del convento. La Inmaculada, un santo jesuita y san Jerónimo.
La iglesia fue vendida el 26 de enero de 1856 al comerciante navarro Benito Rincón Nahori por 31.505 reales, pagados en quince años y catorce plazos. Tenía una superficie de 442 metros cuadrados, formada por una nave central con bóveda de cañón con su presbiterio. El coro, formado por un arco carpanel, se encuentra en mal estado de conservación, aunque todavía quedan restos de vigas de madera. A la izquierda de la nave tiene una capilla llamada de Ntra. Señora del Carmen (donde tuvo sede la cofradía) y a la derecha otras dos, entre ellas la de San Francisco de Borja, con comunicación a la sacristía. El 29 de agosto de 1863 Benito arrendaba el edificio al Estado y Cuerpo de Administración Militar durante ocho años, por 1.900 reales cada uno de ellos. Lindaba por la derecha con el edificio que fuera parte del convento, hoy sede de la Concejalía de Cultura del ayuntamiento. Entonces era una casa con el número 38, que pertenecía a Antonia Carbonell Segura, esposa de Eusebio Donoso Cortés, alcalde de Badajoz en 1852. Por la izquierda lindaba con una casa-bodega, propiedad también de Benito Rincón, que hacía esquina a la calle Encarnación, donde hoy está el semillero de empresas.
Detalles del claustro.
Notas:
(1)  GUERRA GUERRA, Arcadio. Recapitulación histórica de los hospitales de Badajoz. Revista de Estudios Extremeños, Tomo XV, n. 3, septiembre-diciembre de 1959. Pág. 644.
(2)   LÓPEZ, Benigno, alias Perra Chica. Callejero y guía histórica. Año 1964. Pág. 32. GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, Alberto. Badajoz, piedra y tiempo, calles con historias. Año 2003. Pág. 197.
(3)    El nombre de la Brecha proviene de los daños que se produjeron en el baluarte de San Pedro en el asedio que sufrió Badajoz en 1705 y no el de 1811, como cita algún autor. Cfr.: LÓPEZ, Benigno, Callejero… Pág. 35.